Dejar de sentirse culpable.

El malestar psíquico puede manifestarse mediante tres modalidades básicas: la depresión, la angustia y los sentimientos de culpabilidad, los cuales pueden hacerse presentes de forma independiente o combinada. Los sentimientos de culpabilidad pueden, por ejemplo, producir angustia y/o estados depresivos, que a su vez pueden generar síntomas o inhibiciones. La depresión, la angustia y los sentimientos de culpabilidad se hacen necesariamente presentes en el sujeto por razones de estructura, pero el débil equilibrio de la normalidad tiende a descompensarse patológicamente. Todo equilibrio es inestable. De esa modalidad patológica, minusvalidante, es de la que me voy a ocupar en este artículo.

Angustia, ansiedad y estrés son sinónimos. Los términos culpa y sentimientos de culpabilidad tienen distintas acepciones. Según el diccionario, culpa es “la responsabilidad por la comisión de lo que se considera delito o falta, así como la falta más o menos grave cometida a sabiendas o voluntariamente”. También nos explica que tener uno la culpa de algo es haber sido la causa de lo que suceda. La acepción a la que el diccionario le dedica más extensión es la jurídica, en la que la falta puede ser voluntaria o no. Para que exista culpa basta con que se cause un daño. En su acepción teológica es “la transgresión voluntaria de la ley de Dios”. En una cultura de educación católica, como la ha sido y lo es aún la española, se incurre en culpa por el pecado, vinculado al pecado original. Se puede pecar de pensamiento, de palabra, obra u omisión.

Desde un enfoque psicoanalítico los sentimientos de culpa son uno de los mecanismos equilibrantes del aparato psíquico. Provienen del superyó y están destinados a poner un límite a los excesos pulsionales del ello, es decir de las energías más primitivas del ser y a los excesos del principio del placer. La carencia de sentimientos de culpabilidad, la carencia de superyó, carencia de normas, es característica de la perversión y también se hace presente en las psicosis, las locuras descontroladas.

La carencia de superyó y de sentimientos de culpabilidad le permiten al perverso destruir, torturar, violar y matar. Sin embargo, en el otro extremo, el superyó excesivamente severo invade al sujeto de sentimientos de culpabilidad que le impiden su funcionamiento en la vida cotidiana. El individuo exageradamente preso de sus sentimientos de culpabilidad puede llegar a transformarse en un minusválido, en un impedido, en un baldado para la vida social y de relación, para estudiar, crear, producir y para la actividad laboral.

Los sentimientos de culpa se originan en la etapa infantil del sujeto, cuando comienza a descubrir que todo lo que le produce placer es rechazado, prohibido y castigado por los adultos. El niño se va a sentir culpable de desear, se va a sentir culpable principalmente por sus fantasías amorosas y eróticas con el progenitor del sexo opuesto, y por las fantasías agresivas de excluir, e incluso destruir, al del propio sexo. Las fantasías edípicas y las vicisitudes de la historia edípica quedarán reprimidas, olvidadas, y constituirán una parte fundamental de lo inconsciente, emergiendo en las etapas posteriores de la vida de manera sintomática. Los niños se sentirán también culpables por la transgresión que, para los adultos, constituye la actividad masturbatoria. Los sentimientos de culpa inconscientes, los que no le son conscientes al individuo son los más susceptibles de producir manifestaciones sintomáticas.

En la relación intensamente dependiente con el adulto, el niño se dedica a descifrar su mirada. Busca las señales de su aprobación y aceptación y teme su rechazo, su desaprobación y su castigo. Nada hay para el niño más importante que sentir, indubitadamente, el amor de sus padres. Cuando ese Otro es sentido como severísimo juez, rechazante, desaprobador y castigador, va a ser internalizado en el psiquismo del sujeto bajo la modalidad del superyó. Una vez internalizado ese papel crítico, descalificante e invalidante es susceptible de ser proyectado en cualquier personaje real o imaginado que puede llegara convertirse, entonces, en una figura persecutoria. Se trata de una reminiscencia de la infancia, época en que el niño buscaba la aprobación en la mirada del adulto, generalmente su padre, madre o quien ocupara esa función.

Entre los factores que generan sentimientos de culpa en el niño se encuentran los castigos físicos y psicológicos. Los niños necesitan durante su crianza y educación que se les ponga límites, que se les ayude a domesticar su descontrolada energía pulsional. La constitución del yo es una continua puesta de límites a las demandas pulsionales del primitivo ello, pero estos límites deben establecerse no desde el castigo denigrante y culpabilizante, sino desde el amor y el ejemplo. Las conductas molestas, los “ruidos molestos” del niño son demandas. La demanda es, en última instancia, demanda de amor. La respuesta castigadora hace sentir al niño que no es amado, que es indigno del amor de sus propios padres y, en consecuencia, genera sentimientos de culpabilidad exacerbados, estados depresivos, tendencias masoquistas, inseguridad y también anorexias bulimias, obesidad y adicciones.

Las formas de obtener placer del bebé y del niño son insoportables, aún para los más amorosos y pacientes padres. La relación del bebé con su excremento, con la suciedad, con el alimento, la necesidad del niño de romper, desarmar y experimentar con las sustancias y los objetos en su tarea investigadora lo colocan ante el permanente riesgo de sentirse descalificados, regañados y castigados y en consecuencia rechazados y no amados.

Las manifestaciones sintomáticas de los sentimientos de culpa de los hijos nos conducen, en la consulta, a los sentimientos de culpa de los padres. Sálvese quien pueda. En las primeras entrevistas de las consultas de padres por los síntomas de sus hijos aparecen, inevitablemente, los sentimientos de culpabilidad de éstos. Es un momento crucial de las entrevistas. Para que los padres puedan ayudar a sus hijos tendrán que afrontar y superar sus propios sentimientos de culpabilidad de los cuales ellos mismos padecen. En estas historias de padres e hijos, salvo en casos excepcionales, sólo hay víctimas, no hay verdugos. Los sentimientos de culpabilidad patológicos son un nefasto determinante y un auténtico lastre en la vida de cualquier sujeto y en este caso también en la vida de los padres y sus hijos.

Los sentimientos de culpabilidad exacerbados hacen estragos en el sujeto a cualquier edad, pueden inhibir y paralizar cualquier acción (pensar, aprender, andar, ver) y producir todo tipo de síntomas, manifestaciones somáticas, obsesiones, depresión, angustia, y afectar a la vida de relación en general y a la sexualidad en particular. Los sentimientos de culpabilidad, que generan síntomas e inhibiciones, que dificultan el aprendizaje y conducen al fracaso escolar, no tienen porqué tener características específicas ni diferenciales.y pueden ser uno de los componentes importantes a resolver en los casos de dificultades de aprendizaje y de fracaso escolar.

Los sentimientos de culpabilidad patológicos provienen de un superyó feroz que impiden saber del deseo y en consecuencia bloquean todo intento de conducirse en dirección a éste, sumergen a la persona en la angustia y lo entregan indefenso a cualquiera de sus manifestaciones sintomáticas como pueden serlo los estados depresivos, insomnios, dolores de cabeza, alergias, intolerancias alimenticias, dermatitis, gastritis, úlceras, colon irritable, disfuncionamientos digestivos y enfermedades autoinmunes, incluido el cáncer. Y lo más dramático de esto es el riesgo de transmitírselos a los hijos mediante la imposición de normas rígidas, altos niveles de exigencia y castigos, que abrirían en ellos también la posibilidad de todas las posibilidades sintomáticas incluidas las dificultades de aprendizaje y el fracaso escolar. Una psicoterapia psicoanalítica debería intentar curar al individuo de sus sentimientos de culpa patológicos.