Problemas de relación en la pareja

"El amor es eterno mientras dura." La frase que encabeza esta nota no me pertenece. Es de un romántico del siglo XX, el escritor argentino, Jorge Luis Borges. Por activa, por pasiva o por carencia, el amor nos atañe a todos y a cada uno. Si tecleamos en Google la palabra “love” nos encontraremos con 2 billones 420 millones de páginas sobre este tema, del que yo sólo pretendo dar una breve y específica opinión personal, en relación al amor en la pareja, pero que es fruto de una extensa experiencia y lo hago en plan de modesta pincelada introductoria, que merece la posibilidad de un muy amplio debate.

En Introducción al narcisismo, Sigmund Freud, nos explica que, inicialmente, el sentimiento amoroso es monopolizado por el bebé para si mismo y lo va desplazando sobre la persona que ejerce la función materna, seguramente en retribución a su amor, atención y cuidados, para progresivamente irlo desplazando a los otros que lo rodean. En mi opinión, la máxima expresión de este sentimiento es la que se establece hacia la pareja, originariamente destinada a la reproducción, que permitió garantizar la supervivencia de la especie, pero que progresivamente se ha ido independizando de este objetivo. Quizás en mayor grado en el varón que en la mujer.

Si bien este sentimiento se proyecta en las figuras parentales, familiares y amistades su expresión máxima es lo que denomino la pasión amorosa, esa intensidad que se establece entre dos personas que los lleva a constituir una pareja, convivir, casarse y tener hijos, aunque estas últimas situaciones no tienen porque producirse necesariamente.

Lo importante de la pasión amorosa es la intensidad del deseo de estar juntos, que generalmente incluye el deseo de unirse sexualmente, y la sensación de falta que produce la ausencia del otro. Defino la pasión amorosa como un estado de enajenación mental transitorio. Un hermoso estado de locura. Pero lamentablemente transitorio. Un estado de éxtasis pleno, pero con algo de espejismo. Porque se trata mayormente de una película que cada uno de los dos integrantes proyecta sobre el otro. Esto es fácil de verificar porque los de afuera suelen preguntarse que le habrá visto el uno al otro. Porque en realidad ellos no se ven. No ven al otro sino que están viendo la película que se inventaron, al otro que se inventaron, en función de su deseo y de sus expectativas.

Para que la pareja se mantenga unida, a través del tiempo, es fundamental que, este estado de enajenación mental transitoria, dure lo suficiente para que, durante ese estado emocional, sus integrantes puedan construir lazos duraderos de compañerismo, de solidaridad, de respeto, de gustos, intereses, actividades y relaciones en común. Los hijos a veces fortalecen la unión, a veces la deterioran. El disfrute sexual la fortalece. Hay mujeres que disfrutan de las relaciones sexuales de cualquier manera, incluso mediante la violencia, para las que un necesario preámbulo es la discusión y la pelea y la consiguiente reconciliación. Pero la mayoría establece una ligazón entre la sexualidad y el amor, las conductas cariñosas y detalles habituales, las palabras de afecto y de elogio. Metafóricamente podría decirse que las mujeres tienen el órgano sexual en la oreja. Son las palabras dulces las que las erotizan. Dificilmente el “aquí te pillo y aquí te mato” de algunos varones.

Aunque todos los varones y todas las mujeres somos diferentes y no hay un universal que caracterice a los varones, ni un universal que caracterice a las mujeres, y aunque durante el último siglo, de la sociedad occidental, los varones nos hemos ido feminizando y las mujeres se han ido masculinizando, podemos hacer una cierta generalización de las enormes diferencias que nos distinguen. Aceptando la extensión de las excepciones que escapan a toda generalización.

Las mujeres son seres mucho más sensibles y deseantes que los hombres. Más comprometidas con los cambios. Esto se verifica en la velocidad con la que cambia la moda femenina. Pero el precio que pagan por la fortaleza de su deseo es la insatisfacción y su consecuencia, la queja. Los varones, de características más conservadoras, más reacios a los cambios, que tienen dificultades en su relación con el deseo y que lo enfrentan como algo imposible de manifestar, no entienden y suelen llevar muy mal los “caprichos” y la necesidad de cambios de la mujer. Si la industria textil y de la moda tuviera que vivir de los varones no podría subsistir. Es difícil que una mujer salga satisfecha de la peluquería o de la compra de una prenda de vestir. Suele hacerse presente un resto de insatisfacción.

El varón suele repetir su elección en el vestir. Vemos en las fotografías y videos de las reuniones a los dirigentes políticos y empresariales del mundo una uniformidad común en sus atuendos, siempre los mismos, reunión tras reunión, año tras año. Las mujeres se esfuerzan por no repetir atuendo, de una reunión a otra, de una presentación a otra. Los varones suelen gozar de una estabilidad, que no implica virtud alguna, a diferencia de las mujeres que pueden cambiar de estados de humor varias veces al día, sin causa aparente.

El varón suele repetir su elección en el vestir. Vemos en las fotografías y videos de las reuniones a los dirigentes políticos y empresariales del mundo una uniformidad común en sus atuendos, siempre los mismos, reunión tras reunión, año tras año. Las mujeres se esfuerzan por no repetir atuendo, de una reunión a otra, de una presentación a otra. Los varones suelen gozar de una estabilidad, que no implica virtud alguna, a diferencia de las mujeres que pueden cambiar de estados de humor varias veces al día, sin causa aparente.

Los hombres suelen ser más parcos en el hablar. Las mujeres reclaman mayor comunicación. Es habitual en las entrevistas de parejas en situación crítica la queja: “Él no me habla”. A lo que él responde que ella es una pesada que quiere estar todo el rato hablando, cuando el está concentrado en la lectura, la televisión, la play o el ordenador. Las conversaciones telefónicas masculinas tienden a ser escuetas. Las mujeres pueden llegar a dedicar horas a sus conversaciones telefónicas.

Un comentarista de estos temas ha pintado una metáfora del funcionamiento mental de los varones, como si tuvieran compartimentadas sus ideas en el cerebro en cajas, de manera que nada tuviera relación con nada, siendo la caja más importante la caja de nada. “¿En que estás pensando?”, “En nada”, contesta él, enfrascado en su ensimismamiento. En oposición a él, el cerebro de la mujer estaría metafóricamente compuesto de cables todos intercomunicados. Todo tendría que ver con todo.

Si las mujeres y los varones no toman consciencia de sus diferencias y las aceptan, la vorágine de la velocidad de los cambios que enfrentamos actualmente los conduce a una impaciente y rápida ruptura. En la actual sociedad de usar y tirar la pareja corre el riesgo de entrar en esa misma dinámica. Sin garantías de que, en esas condiciones, la próxima relación tenga una posibilidad más afortunada.

Las mujeres debieran también tomar consciencia de que, en su ceguera amorosa tienen una cierta tendencia a elegir al varón menos adecuado, con la falsa expectativa de que van a conseguir cambiarlo, según sus deseos. Debieran asumir que esa expectativa es de muy difícil cumplimiento. Los varones son conservadores, difícilmente cambian a satisfacción de la mujer. Si se intenta forzarlos a cambiar lo más probable es que les resulte más fácil cambiar de mujer. O renunciar a la convivencia con la mujer. Después de 400.000 años de tener esclavizadas a las mujeres a su servicio, no toleran los avances en la conquista de los derechos, que la lucha de ellas, acompañadas de varones solidarios, que caracterizó y consagró el pasado siglo. Hay una enorme tendencia en aumento, en los países de occidente, de varones que han hecho esa renuncia y viven solos, manteniéndose a prudencial distancia de la relación con las mujeres, entregándose a la masturbación, al televisor, a la pornografía, a las consolas y al ordenador.

Probablemente es a las mujeres, las promotoras de los cambios, en la historia de la humanidad, les corresponda tomar las riendas para que esa tendencia se reduzca, para que los hombres les pierdan el miedo. Para ello es imprescindible que tomen conocimiento y consciencia de las diferencias que nos separan, que no se dejen arrastrar por las falsas expectativas de cambio de los varones, que aunque la pasión amorosa las ciegue, estén prevenidas y lo tengan presente para no despertar un día con la sensación de estar conviviendo con un ser que les resulta insoportable y que nada tiene de los atributos que en su película le habían conferido. Pero porque nunca los tuvo.

Está a la vista, cotidianamente, que una enorme cantidad de mujeres, probablemente por sus neuróticas y traumáticas historias infantiles, realizan elecciones marcadamente inadecuadas, comprometiéndose de por vida con el hombre que las va a maltratar, hasta llegar incluso a matarlas. Aunque, a veces, también haya hombres que se sientan abducidos, utilizados y esterilizados por cierto tipo de mujeres.

Juan Pundik, psicoanalista en Madrid. Madrid, 15 de setiembre de 2013. jpundik@arrakis.es